lunes, 7 de septiembre de 2026

Petrópolis. Y no me Río.

Esta es la imagen que tiene en la cabeza todo el que ha oído hablar de Petrópolis, una ciudad patrimonio de la humanidad, que fundó el emperador Dom Pedro II allá por la mitad del siglo XIX. Que en Río, aunque tenga mar, hace mucho calor, vámonos a las montañitas, se dijo, y allá que se llevó a toda la corte. Como tantos otros hicieron por las europas.

Yo ya había estado en esta ciudad hacía casi 30 años. La recordaba como lo que es, una ciudad imperial. En mi mente solo eso se quedó. Vuelvo y no acierto a saber si es la ciudad la que ha cambiado o he sido yo. Se perciben los rasgos de magnificencia, qué duda cabe, pero hay tanto comercio, tanto barullo, tanto desorden, tanto coche, tanto ruido, que no puedo oír a todos aquellos que fundaron la ciudad; veo sus casas, lo que queda, palacios convertidos en "english school" y chorradas similares....pero a ellos casi no los percibo; mucho menos a Dom Pedro o a su hija, la princesa Isabel. Tras ellos llegó la república  a finales de siglo. La monarquía brasileña, el "mal llamado" imperio había durado lo que duraron tres monarcas, unos sesenta años. 


Paseo por los jardines del palacio imperial


Estilo de la ciudad a lo largo de toda la ribera

Pues a Petrópolis que nos dirigimos nada más desayunar y recoger el coche de alquiler en Copacabana. A solo 75 kms pero a 800 mts de altura, es decir montañas, esto es carreteras sinuosas, o sea 2 horas. Lo peor el estado de la carretera, la clavícula de Lola empezó a quejarse y no acertábamos con la velocidad adecuada, si despacio mal, si rápido peor. El caso es que la última hora se nos hizo eterna. El paisaje soberbio. 

Teníamos reservados unos buenos hoteles para las noches siguientes en Tiradentes, a casi 4 horas, 270 kms; y en Ouro Preto,  3 horitas más, 160 kms. Lo de menos era la altura, entre 200 y 400 metros más. Lo peor era imaginar la carretera.  

Luego volaríamos desde Belo Horizonte hasta Belén, norte muy norte. Empezamos a preguntarnos si todo esto le convenía a la maltrecha clavícula pero de momento nos lanzamos a conocer Petrópolis donde teníamos previsto dormir. Un hotel  céntrico, muy imperial, muy de los de antes. Y a un precio razonable.

Como he anticipado, la ciudad histórica tiene mucho encanto pero el centro comercial  destroza todo lo que se ponga por delante. Entramos en la Catedral, paseamos a la orilla del río, visitamos la casa de Santo Dumont, comimos al peso en un delicioso autoservicio y tirando de uber nos fuimos al palacio Quintadinha. Se construyó con la pretensión de ser el mayor casino de América (USA excluida supongo). Nunca lo llegó a ser pero la grandeza y generosidad del palacio merecieron la visita.

Un nuevo incidente, pequeño incidente, fue el que desencadenó la crisis. Me olvidé en el uber la batería para carga de móviles. Estos olvidos a veces se resuelven muy fácilmente a través de la aplicación cuando logras que te pongan en contacto con el "motorista". No fue este el caso. No recuperé la batería, ninguna importancia; pero, misterios de la existencia, este fue el detonante que nos hizo cuestionarnos si tenía sentido continuar el viaje como estaba previsto. Quizás estábamos poniendo en riesgo la p. clavícula.


Cenando "bajo las estrellas", se fraguó la decisión de volver.

Pensamos que lo suyo era cambiar los planes. Una vez decidido no hacer  el vuelo de Belo Horizonte a Belem  lo suyo era volver a Río para desde allí volar a Salvador de Bahía e intentar conseguir un adelanto en nuestro vuelo. Tuvimos mucha suerte con Air Europa porque los precios estaban extraordinariamente altos pero conseguimos algo razonable adelantando la vuelta al día 8, justo una semana antes de lo previsto.

No me Río. A la mañana siguiente de vuelta por donde habíamos venido. 


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