miércoles, 9 de septiembre de 2026

Ouro Preto, Belém y São Luis

Estos son los tres sitios que nos hemos perdido. Minas Gerais (minas generales)  me hacía ilusión por ser una región de interior; Belém y Säo Luis, región de Maranäo, por su cercanía con el Amazonas. Otra vez será.


En esta foto lo importante no somos nosotros, sino los habitantes 
de la calle, los del fondo a la derecha. Este edificio estaba al lado 
de nuestro hotel. El gran edificio junto al que viven tiene que ver
con la Justicia, no recuerdo si era el Ministerio de Justicia o la oficina
del defensor del pueblo. Igual me da.


Como en anteriores viajes en esta última entrada paso lista a mis notas para añadir aquello que, por una razón o por otra, no he acertado a incluir en los diferentes artículos. Empezamos.

  • Sobre el idioma.  Leo bastante bien el portugués. Entender al que me habla es otro cantar; a veces muy bien, a veces no me entero de nada; he observado en Brasil una gran variedad de acentos. Imprescindible la palabra “ta”(algo así como vale) y la expresión “tudo ben” (todo bien traducción literal). Y una tontería; aquí a la taza del váter le dicen vaso y si quieres un vaso de vino pides una taza, cojonudo.
  • No he dicho nada de mi teléfono pero he vivido en precario: sin autonomía desde el primer día, solo wifi y bluetooth (para robar internet a otros). Desactivado sin solución. Me temo que mi iPhone 8 me ha dado todo lo que me podía dar.
  • Combustible. Resulta que los coches que circulan por estos lares funcionan con gasolina o con etanol o con los dos. 
  • La política: en octubre hay elecciones y eso se nota en la calle. Mucha banderita y mucho abanderado, unos  Lula otros Bolsonaro, marcando mucho las diferencias.Parecen vivir intensamente la política… bueno…. como otras cosas.
  • Diversidad de género. Da la sensación de que se vive con mucha intensidad, se ve gente trans por todos los lados (o se hacen notar, vaya usted a saber)
  • La comida. Existen las medias raciones pero no es la norma. Y pidas lo que pidas siempre hay compañía: arroz, feijoas (alubias rojas), tapioca, ensalada, patatas…..Y en abundancia. O andas listo o acabas pidiendo un táper.
  • El comercio. Se ven muchas tiendas “de las de antes”, de hace solo unos años por ser precisos; tiendas como ferreterías, droguerías, de menaje etc. Esto añade una cierta humanidad al ambiente, si bien el consumismo es notorio y notable. Esto del comercio de barrio siempre me trae  Nápoles a la cabeza.
  • Homeless, los sin casa. Abundan como en ningún lugar que yo recuerde. A tal punto que ni me llamó la atención que en algún momento oí que los  denominaban “habitantes de la calle”. ¿Eufemismo o corrección lingüística?
  • Venta ambulante. Abunda. En algunas fotos quizás se haya apreciado pero me parece importante recalcarlo porque, al menos en ciudades como Río me llamó la atención. 
  • Y hablando de Río, nos llamó la atención, frente a la penuria que se ve en barrios céntricos, la generosidad en los espacios nuevos, por ejemplo en las áreas de  nuevas construcción.
  • Una visita deseada y no realizada: el Real Gabinete Portugués de Lectura, en Río. Para la próxima.
  • Lo otro en lo que también lamento no haber profundizado es en el Candomblé. En los primeros artículos algo comenté al respecto. No quería turismo religioso pero me hubiera gustado entender más en qué consiste. Antropológicamente al menos. Es una lección pendiente.
  • Sobre la penuria: no sé muy bien dónde empieza y dónde acaba el concepto favela. Si es un coto cerrado no hay duda, pero las cosas no suelen ser tan claras. Recorriendo las ciudades en coche, continuamente se ven barriadas enormes en aparente estado de ruina, : casas destartaladas, medio acabadas o medio empezadas; y cuando, por algún motivo el coche entra por esos barrios, la sensación también es ruinosa, más allá de que la gente que los habita no aparenta ser tan pobres como uno imagina lo son los que viven en favelas. En las dos ciudades grandes en las que hemos estado, Río y Salvador, esto es habitual en cuanto sales (por rodorovías, autopistas)  del centro; aunque no siempre, porque por ejemplo en Salvador también descubres  lo que podríamos llamar “ciudad nueva”, con edificios cuidados, jardines, centros comerciales etc.
  • Se quedan otras muchas cosas en el tintero. Uno, siempre que viaja, se queda con la desasosegante sensación de lo mucho que le falta por conocer para entender el país visitado, entender a sus gentes, su cultura, su historia, su forma de asomarse al mundo. Tiene esto una indiscutible ventaja que es el deseo de volver al lugar visitado; al menos esto es lo que a mí me pasa.
  • Y acabamos. Me gustaría dejar escrito lo mucho que me ha gustado la sensación de imperfección que a menudo he vivido en Brasil.  
    • El  “google maps” te envía a un museo que desapareció hace años y tan tranquilos; sucede que han cambiado la ubicación y te ofrece los dos lugares y no siempre aciertas. La web de, por ejemplo el Jardim Botánico de Río, informa que si quieres pagar con tarjeta lo tienes que hacer electrónicamente; lo intentas una y otra vez pero no hay manera y decides ir al Jardim….y resulta que no es imprescindible el pago en metálico, también lo puedes hacer con tarjeta. 
    • O vas al Museo de Arte Contemporáneo y entras de milagro porque te quedan unos billetes y solo aceptan metálico; y eso que es el de Arte Contemporáneo, cómo será el de Antigüedades. 
    • Las cosas no siempre funcionan y a mí, eso me da una sensación de  humanidad que en Europa tenemos perdida y donde ya no aceptamos , o al menos nos sentimos muy incómodos con el fallo, el error humano, la equivocación, la imperfección. 
    • Hemos llegado a tal nivel de exigencia que lo que no es aséptico nos repele; no hablo de suciedad insana, hablo por ejemplo de un jardín como el de Orquídeas en Río, donde tanto el edificio como las plantas respiran humanidad si se me permite decirlo así. 
    • En Brasil la gente es imperfecta. Como en Europa, pero allí nos parece lo normal y aquí no nos gusta.


    Escribo estas últimas líneas en el avión, ya llegando a Madrid donde son las 11:00 a.m.  Y, qué cosas, ya empiezo a notar la asepsia; esta vez asepsia lingüística, que es de las peores. En el desayuno me ofrecen  ¨Pancake” y “Pie” de no sé qué;  me creo que  se les acabó la  tarta.



    Nota: como siempre que acabo un cuaderno tengo la pena de no revisarlo como merecería para reducirlo a la mitad diciendo lo mismo o más. Pero me lo perdono.

Salvados

 Esta vez el hotel estaba en el mismo Pelourinho. De nuevo un acierto. Tras el agotador día encontrar una habitación como la de la Casa de Amarelindo fue una bendición. A lo largo de mi vida he estado en cientos de hoteles. No recuerdo ninguno con camas de 3 metros...!de ancho!   Veasé a Lolita derrotada. Y al amanecer nos dimos cuenta que nuestra terraza tenía vistas a la bahía de Salvador. Un regalo. Los dueños se habían portado muy bien con nosotros haciéndonos el cambio del 14 al 6 y sin ningún coste. Y eso que la reserva estaba a través de Booking.com. Maldito intermediario, lo bien que funciona para hacer las reservas y el infame servicio al cliente que te da si tienes un problema. Ya solo hay bots, chatbots, IA y spm. Que se lo digan a los vuelos que hemos perdido (Belo Horizonte a Belem y Fortaleza a Salvador).

Debo decir algo más del hotel: desayuno servido, como debe ser. Qué inmenso placer. Siento repetirme, lo escribiré siempre que me suceda, a modo de protesta. 

Tres metros, sábanas de más de cuatro metros por tres.


La terraza y la bahía. También piscina.

El segundo acierto fue el volver a Salvador el día de la Fiesta Nacional de Brasil, siete de septiembre. Qué espectáculo de ciudad desde primera hora de la mañana. 

Salvador nos había dejado buen sabor pero en solo media hora por la ciudad me quedé, nos quedamos, maravillados. Tres semanas atrás las calles vacías, hoy lo contrario, exactamente como debe ser en Brasil. Brasil es gente, son voces, es música. Decidimos pasar el día deambulando, reconociendo la parte alta de la ciudad en sus pequeños detalles. Viviendo la ciudad, haciéndola nuestra. Y lo  conseguimos.

La Fiesta Nacional incluye el ensalzamiento de las fuerzas armadas del país. Ya desde primera hora miles de personas abarrotaban las aceras para ver pasar el desfile de todas las imaginables policías del estado. Policía militar, nacional, civil, penal, guardias de asalto, quitaminas, bomberos, de todo....Una muestra de cientos, quizás miles de vehículos llenos de funcionarios que saludaban a los espectadores cual Reyes Magos de Oriente; solo les faltaba lanzar caramelos. Tras dos horas de empujones decidimos abandonar espectáculo y seguir con el otro, la ciudad. 





Comimos en un restaurante que ya venía en mi guía de hace 30 años, es una escuela de cocina (SENAC) que en un comedor muy agradable situado en un primer piso, frente a la fundación de Jorge Amado, ofrece un rico bufé a un precio muy razonable (100 reales, 16 euros, sin bebida).  Tuvimos la oportunidad de probar, de una sola tacada, la mayoría de las especialidades bahianas: acarajé, moquecas diversas, vatapa, carurú etc. También servían cosas como cocido, rabo de toro y callos, todo bahiano, todo rico.

Se me olvidaba. Antes de comer uno de los espectáculos largamente esperados: capoeira. En la calle, en el propio Terreiro do Jesús.  Hubiera sido una pena haber vuelto a España sin haberlo visto. Hombres y mujeres. Imprescindible verlo en video pero habrá que conformarse con unas fotitos.












Por la tarde un rato de descanso en el hotel (y blogs, que en algún momento se escriben) y luego una vuelta por San Antonio, un zumo frente a la bahía y una cena ligera en a tres minutos de nuestro nuevo hotel.

Una anécdota. Ya de noche, en el centro de Salvador. Marco, un joven de los muchos que mendigan por las calles, se acerca y nos pide algo de comer. Que no quiere dinero, no ha comido en todo el día, que lo resolvemos con 15 reales en "aquel" puesto ambulante; donde conocen a Marco; el vendedor me pregunta que si queremos "el de 20, el de 25 o el de 30". Marco me dice que el de 20, yo le añado una cocacola. Me gustó el desarrollo pero más tarde no pude evitar el pensar que quizás  había cierta  picaresca en todo ello. Quién soy yo para criticarlo.

En nuestro último día en Brasil hemos aprovechdado para adentrarnos un poco en la cultura afro-brasileña. Hemos visitado el museo de la universidad y el del municipio; bien, visitas rápidas. También hemos ido a la Fundación Pierre Verger,  fotógrafo del siglo XX de origen francés pero afincado casi toda su vida en Brasil. ByN muy interesante. La fundación penosa en su aspecto aunque se vea algo compensada por la calidad de la explicación que nos dan y por los supuestos fondos a los que no tenemos acceso (de hecho prácticamente no vemos sus fotografías). Lamentable. Me desquito comprándome dos libros de Jorge Amado, en portugués, claro.

Decidimos comer en Casa de Amarelindo y acertamos. No solo por lo acogedor del lugar, eso ya lo sabíamos, sino por la calidad del servicio y de la comida. 

Cogemos el avión a las 22:45 así que aprovechamos bien el día. Nos da tiempo a dar un último largo paseo por la Rua Direita de Santo Antonio, más allá de Pelourinho, donde iniciamos nuestra andadura por este país hace ahora tres semanas. Se cierra el círculo.




Nota: el título no es un error, es un juego de palabras que a mí tanto me gustan

martes, 8 de septiembre de 2026

Cariocas

Otras dos noches más en Río, lo que nos da la oportunidad de conocer mejor la ciudad y a sus gentes. Nos faltaba algún sitio notable por visitar como el Pão de Azucar pero esta vez va a ser que no. Lo de visitar una favela no me parece muy correcto, así que ni pensarlo.

Nos dejamos llevar. Esta tercera vez en Río hemos cambiado de barrio, seguimos en el centro pero nos hemos desplazado hacia el mar, zona nueva, de oficinas, ministerios etc.

Comemos en el hotel, salimos a continuación y nos encaminamos al Museo de Arte Moderno, a diez minutos;  nada especial pero la gente que pulula alrededor aprendiendo a bailar (samba o lo que sea) nos saca la sonrisa. 

Andamos hacia el mar y descubrimos una playa... resulta ser Flamengo. Esta es una playa local, de locales. Nada que ver con Copacabana o Ipanema; estas se llevan la fama y están junto a la carretera, Flamengo está rodeada por un parque del mismo nombre. Los chiringuitos de playa son de los auténticos (ver fotos) y la gente, esa sí que es diferente. Aquí se siente que realmente se está en otro país, alejado de restaurantes, tiendas... Y es curioso, nadie, ni siquiera la mal-llamada IA nos habló de Flamengo. Lo hemos descubierto, que es lo bueno.

Cuando empieza a oscurecer, recorrida la playa de lado a lado, nos vamos al propio barrio de Flamengo y nos encontramos una zona de gran actividad comercial y de disfrute. Una vez más nos dimos cuenta de que este es el Río que si no lo buscas no lo encuentras. Era viernes y la zona del hotel por la noche estaba casi vacía, encontramos un chiringuito para cenar y allí nos vimos rodeados de ejecutivillos tomando sus buenas pintas...igualito igualito que en  la "city" de Londres. 


Qué maravilla de chiringuitos... Así todos. Y siempre a la vista el Päo, para qué subir...







Los carritos como el de la derecha son abundantes. 


La city, los hombrecitos y sus pintas.



El sábado decidimos ir al Jardim botánico, en otro barrio. Dedicamos la mañana a pasear entre plantas, especialmente Palmas, montones de variedades.  Nos gustó el Orquideario; aunque todavía no había mucha orquídea florecida, las que vimos nos parecieron maravillosas. Todo ello un poco descuidado pero muy real. También había un jardín japonés; si vuelven los emisarios del Hiro Hito de turno ponen una bomba, estaba descuidado como nunca puede estarlo un jardín japonés; pero lo apreciamos. Una mañana en la que disfrutamos de otra manera, con otros seres vivos puro brasileños. Ahí van unas fotos.



Desde cualquier sitio, también desde el Jardim Botátino, 
el corcovado al fondo... cuando las nubes lo permiten






















El cambio de ambiente fue total. Nos fuimos a la plaza XV de noviembre donde había un mercado mal llamado de antigūedades. Había de todo, también cosas viejas. Ya habíamos visitado la zona cuando hicimos el "free tour" unos días atrás, pero el ambiente nos era nuevo. La calle del ouvidor (el que oye, algo así como el defensor del pueblo), la más antigua de Río, creo, llegó a tener más de 70 librerías, eso nos dijeron, cuesta creerlo. En los alrededores, eso lo certifico, hay más de 70 sitios en los que comer y beber...Y en uno de ellos nos paramos. Llovía, pero eso no importaba, aquí llueve y deja de llover y ni te enteras. Comimos en la calle, en un cruce de calles en cuyo centro se ubicaba un grupo musical que nos aturdió con sus canciones. Aquí no se sabe lo que es música de fondo, aquí la música es ruidosa, para mi gusto excesiva...pero la gente lo disfruta, se mueve al ritmo que le marcan. Y los que tocan y cantan se lo toman muy en serio. Espero que algo sí que se aprecie en la foto que aquí pego

 A los cuatro costados decenas de mesas. En una de ellas comimos nosotros.




Esa tarde tocó descanso en el hotel, ya era hora. Luego, para tomar algo decidimos ir a otra de las zonas céntricas de marcha, Pedra da sal, en el barrio afro. La verdadera marcha sambera había sido el día anterior, el viernes, una pena. Pero nos resarcimos con una pizza en silla de playa...Y la música, cómo no, también a tope.



El domingo volamos a Salvador, pero por la noche. Así que tuvimos todo el día para nosotros. Como en cualquier ciudad del mundo, a primera hora de la mañana las calles estaban vacías, ciudad fantasma. En Río esto choca especialmente, yo hubiera jurado que aquí el ritmo de día no paraba en ningún momento, pero no.  Llovía pero esto no nos cambió nuestros planes. Queríamos coger el barco que te lleva a Niteroi, al otro lado de Río, y así lo hicimos. En Brasil los mayores de 60 años tienen el privilegio de la prioridad en casi todos los sitios (colas de facturación de aeropuertos incluidos...y acceso al avión). Y en este caso, además el transporte gratis, aún siendo extranjero. 

A Niteroi cruzamos para ver el Museo de Arte Contemporáneo. La lluvia fue por unos momentos tan intensa que a menos de 500 metros del museo tuvimos que coger un taxi. El museo no desilusionó...por fuera; la obra expuesta no vale mucho pero solo por la colosal obra de Niemeyer, el paseo mereció la pena. Las malas fotos (ojo, por el mal tiempo) lo dicen todo.





Pena de día, el fondo es magnífico. De hecho hay un guiño importante entre el edificio y los cerros del fondo. Investíguese que yo no sé explicarlo, menos con estas fotos.



De aquí nos fuimos al mercado de Gloria. En la guía Lonely Planet se dice que es el mercado de Río que no te puedes perder. Y no nos lo perdimos, lloviendo como llovía lo disfrutamos.

Nuestro vuelo a Salvador salía a las 9. En el aeropuerto nos esperaba otro regalito, internet no funcionaba y por tanto ni facturación ni "check in" ni puñetas. Pensamos que nos dejarían en tierra, la cercana experiencia de São Paulo nos tenía marcados. Pero alma de cántaro, el mundo no se para por tan poca cosa. Pasado el susto y a las 23:00 estábamos en Salvador de Bahía, nos esperaba una encantadora habitación. En el avión, habitual en mí, no paré de hablar con mis vecinos, dos bahianos, Danilo y Ana, que venían de Rock&Río. Mil historias me contaron, alguna cosilla yo también les conté.


Nota: ¿Por qué cariocas? Porque otra clavícula más y nos nacionalizan riojanerienses, o sea, cariocas.
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lunes, 7 de septiembre de 2026

Petrópolis. Y no me Río.

Esta es la imagen que tiene en la cabeza todo el que ha oído hablar de Petrópolis, una ciudad patrimonio de la humanidad, que fundó el emperador Dom Pedro II allá por la mitad del siglo XIX. Que en Río, aunque tenga mar, hace mucho calor, vámonos a las montañitas, se dijo, y allá que se llevó a toda la corte. Como tantos otros hicieron por las europas.

Yo ya había estado en esta ciudad hacía casi 30 años. La recordaba como lo que es, una ciudad imperial. En mi mente solo eso se quedó. Vuelvo y no acierto a saber si es la ciudad la que ha cambiado o he sido yo. Se perciben los rasgos de magnificencia, qué duda cabe, pero hay tanto comercio, tanto barullo, tanto desorden, tanto coche, tanto ruido, que no puedo oír a todos aquellos que fundaron la ciudad; veo sus casas, lo que queda, palacios convertidos en "english school" y chorradas similares....pero a ellos casi no los percibo; mucho menos a Dom Pedro o a su hija, la princesa Isabel. Tras ellos llegó la república  a finales de siglo. La monarquía brasileña, el "mal llamado" imperio había durado lo que duraron tres monarcas, unos sesenta años. 


Paseo por los jardines del palacio imperial


Estilo de la ciudad a lo largo de toda la ribera

Pues a Petrópolis que nos dirigimos nada más desayunar y recoger el coche de alquiler en Copacabana. A solo 75 kms pero a 800 mts de altura, es decir montañas, esto es carreteras sinuosas, o sea 2 horas. Lo peor el estado de la carretera, la clavícula de Lola empezó a quejarse y no acertábamos con la velocidad adecuada, si despacio mal, si rápido peor. El caso es que la última hora se nos hizo eterna. El paisaje soberbio. 

Teníamos reservados unos buenos hoteles para las noches siguientes en Tiradentes, a casi 4 horas, 270 kms; y en Ouro Preto,  3 horitas más, 160 kms. Lo de menos era la altura, entre 200 y 400 metros más. Lo peor era imaginar la carretera.  

Luego volaríamos desde Belo Horizonte hasta Belén, norte muy norte. Empezamos a preguntarnos si todo esto le convenía a la maltrecha clavícula pero de momento nos lanzamos a conocer Petrópolis donde teníamos previsto dormir. Un hotel  céntrico, muy imperial, muy de los de antes. Y a un precio razonable.

Como he anticipado, la ciudad histórica tiene mucho encanto pero el centro comercial  destroza todo lo que se ponga por delante. Entramos en la Catedral, paseamos a la orilla del río, visitamos la casa de Santo Dumont, comimos al peso en un delicioso autoservicio y tirando de uber nos fuimos al palacio Quintadinha. Se construyó con la pretensión de ser el mayor casino de América (USA excluida supongo). Nunca lo llegó a ser pero la grandeza y generosidad del palacio merecieron la visita.

Un nuevo incidente, pequeño incidente, fue el que desencadenó la crisis. Me olvidé en el uber la batería para carga de móviles. Estos olvidos a veces se resuelven muy fácilmente a través de la aplicación cuando logras que te pongan en contacto con el "motorista". No fue este el caso. No recuperé la batería, ninguna importancia; pero, misterios de la existencia, este fue el detonante que nos hizo cuestionarnos si tenía sentido continuar el viaje como estaba previsto. Quizás estábamos poniendo en riesgo la p. clavícula.


Cenando "bajo las estrellas", se fraguó la decisión de volver.

Pensamos que lo suyo era cambiar los planes. Una vez decidido no hacer  el vuelo de Belo Horizonte a Belem  lo suyo era volver a Río para desde allí volar a Salvador de Bahía e intentar conseguir un adelanto en nuestro vuelo. Tuvimos mucha suerte con Air Europa porque los precios estaban extraordinariamente altos pero conseguimos algo razonable adelantando la vuelta al día 8, justo una semana antes de lo previsto.

No me Río. A la mañana siguiente de vuelta por donde habíamos venido. 


De nuevo río

 Nuestro viaje continúa. Parece que la cuestión aeronáutica nos sigue dando guerra. El aeropuerto de Foz de Iguazú es pequeño, de esos  desde los que da gusto volar. Ya estamos en pista, en la cuenta atrás, mensaje por altavoces, un pasajero enfermo, que si hay doctores a bordo, que por favor, que por favor....Vaya susto. Al final el pasajero salió del avión por su propio pie, menos mal. El viaje se nos retrasó muy poquito, en vuelo se recupera lo que se quiere...

En Río hemos optado por un hotel en el centro de la ciudad, lejos de las playas "turistonas". Y acertamos. En el barrio de Lapa. Conocemos un Río diferente. Aprovechamos también para comer diferente. 

El primer día un japonés, Hachiko. Nos sucede con los menús degustación lo que otras veces, que nos arrepentimos; aunque los platos son de calidad, la cantidad y la diversidad estropea el conjunto. Junto al Palacio Tiradentes. Tiradentes, un militar y odontólogo (de ahí lo de tiradentes, sacamuelas) y más cosas, al que un siglo después de muerto la naciente república de finales del XIX adoptó como símbolo revolucionario. Su historia es muy curiosa, pero larga, me la guardo en mi desván mental. Solo diré que su escultura, al frente del Palacio Tiradentes, le representa como un samaritano.

El segundo día un peruano. Aquí acertamos de pleno, un ceviche de mucha calidad, chaufa y causa como deben ser; el precio muy acomodado. Estamos al ladito de los Arcos de Lapa, a tres minutos de la escalera de Selarón. Helas aquí.


El hotel, de cuatro estrellas, muy bien, también el precio. Unos 60€,  y con desayuno incluido. En Brasil siempre está incluido, esperemos que no se les pegue la norma tonta de Europa de cobrarlo por separado. He escrito tonta, quería decir lista. Tiempos aquellos. 

Eso sí, lo del desayuno servido es un sueño, ahora todo es autoservicio, yo me lo guiso yo me lo como. Igual que los puñeteros "check in" de los aviones y ahora el de los hoteles. En este hotel de Río, cuando llegamos nos pidieron que leyéramos un código QR y que hiciésemos el "check in" nosotros mismos; no se conformaron con pedirlo por correo. Yo les mandé a hacer puñetas, me hice el tonto y se lo curraron ellos, pero yo creo que es batalla perdida, hay mucha gente que cree que es mejor de esta manera.

Sobre hoteles. Debo decir que el precio oscila muchísimo entre una ciudad y otra y un día de la semana u otro. El precio indicado para este hotel de Río se multiplica por tres en ciudades como Ouro Preto o Salvador en las mismas fechas.

Salimos  a conocer la ciudad, esta en la que estábamos, no la otra en la que estuvimos. No llovía pero empezaron a caer cuatro gotas, compramos unos plásticos y un paraguas por cinco euros. Como al día siguiente teníamos pensado hacer una visita guiada por el centro (free tour), decidimos  visitar algo que no incluiría el "tour": la llamada "Pequeña África", un barrio en el que hay diversos restos, centros culturales etc que quieren ser la memoria de la esclavitud en Río de Janeiro. Lo cierto es que salvo el "Jardim de Valongo", el resto no nos dijo mucho, más allá de lo que había detrás, la horrible esclavitud que por cierto en Brasil se abolió bastante tarde, muy a finales del XIX. El cementerio no pudimos visitarlo y la llamada "Pedra do sal" la visitaríamos unos días después, azares de la vida, como zona de marcha (semimarcha para ser exactos).


No me digan que la indicación no es graciosa...

Del paseo de reconocimiento quedaron unas cuantas fotos que muestran el gran contraste de la ciudad. Sabemos que hay mucha pobreza, percibimos mucha dejadez, vemos mucha suciedad, nos cruzamos con cientos de personas que viven en la calle, pero los grandes edificios, las construcciones muy aparentes, la gran cantidad de tiendas de todo tipo,  consumismo que observamos, bares y restaurantes llenos, todo desconcierta. Es una ciudad muy viva, muy vital. Y el punto lo pone la música. Por pequeña que sea la oportunidad se monta un "puesto" con uno, dos y hasta diez músicos, a todo volumen y con todo tipo de músicas, mayormente música popular brasileña.

Llama la atención el que toda esta variedad de niveles de vida no se perciba en los coches, que en general son de gama media y baja. Es muy raro, rarísimo, ver coches de gama alta. Y la mayor diversidad, creo haberlo dicho, es en la apariencia de la gente, la raza. No es como en Sudáfrica (y en tantos otros lugares), aquí lo diferente pasa desapercibido; el color de la piel parece ser indiferente para todo el mundo, hay pobres  y ricos de todos los colores. Y en lo que todos se parecen es en la amabilidad, no es habitual ver por el mundo de dios camareros tan amables, motoristas tan bien predispuestos, funcionarios tan serviciales; en un restaurante no les importa enviarte al restaurante de al lado cuando entienden que lo que ellos te ofrecen no es lo que buscas y que puedes encontrarlo al otro lado de la calle. Eso sí, el personal abunda, en cualquier tienda son varios empleados mirando, en un museo, decenas de personas mirando, en una carretera en obras, trescientos mil levantando una bandera...

Motoristas he dicho. Pero ojo que estas  personas no son las que conducen motos sino las que llevan vehículos de motor. Motoristas de motos te cruzas a millares, pitando continuamente para hacerse un hueco en la carretera, te adelantan por la derecha, por la izquierda y podría decirse que por arriba y por abajo. Una auténtica locura. 

Con los motoristas que hemos hablado y mucho es con los de Uber. Porque, debo decirlo, aquí acabas "uberizado". Es tan barato y tan cómodo "coger un uber" que se acaba cayendo en el "uberconsumismo". No exagero si digo que muchos de estos días  hemos cogido 6,8,10 coches y como si ná. Me cuestiono si tiene sentido. Funcionan maravillosamente, dan un servicio extraordinario a un precio irrisorio; los algoritmos con los que funciona Uber, la precisión, la calidad de información etc son sobresalientes. Pero....¿Y que se hizo del transporte multipersonas? ¿Cómo se pagan las carreteras por las que circula tanto coche? ¿Quién se va a preocupar de promover más líneas de autobús ? ¿Para qué mejorar la calidad de las líneas de metro? ... Creo que hay metro en Río, no lo he conocido. Tampoco he montado en ningún autobús. Que se jodan los pobres. Pues eso, que me pregunto si esta sociedad a la que yo también pertenezco hace bien las cosas, que si sabemos dónde nos estamos metiendo... Todo es precio, todo es rendimiento, todo es eficacia, todo es calidad y servicio, todo son palabras...Yo desde luego entono el "mea culpa". Dejaré de coger uber en cuanto llegue a España, prometo.😜



La ciudad desde el Jardim de Valongo










Comiendo en la calle, junto a las escaleras


El corcovado era el cerro, no el cristo..


Vale de rollos. La visita guiada y no guiada: la catedral, espectacular, no sé qué dirán los de Liverpool cuando comparen con la suya. La escalera de Selarón, incomparables...quizás un poco con las de la Piazza de Spagna,en Roma. Los arcos de Lapa, como el acueducto de Segovia pero en bajito, en hormigón y pintados de blanco. La biblioteca nacional, con sus más de 60000 volúmenes originales con los que la abrió el emperador Dom Pedro (I o II, no acuerdo), comparable en magnitud y belleza a cualquiera. El barrio de Santa Tereza, un pequeño Montmartre. El teatro municipal, por fuera una Ópera de París ( no es broma, copiaron de ella), por dentro no sé. La confitería Colombo, con más de cien años, los mejores brigadeiros del mundo; comparable en calidad a Dieste, nada que ver en cuanto a magnificencia. Colombo es mucho Colombo, una joya. Etcétera.


Los arcos de Lapa



La catedral


Teatro municipal




















Lapa la nuit 1. Vaya fotógrafos.

Lapa la nuit 2


Acabamos como empezamos. Pero ahora de noche.


Tengo muchas más cosas que contar de Río y en contra de lo previsto tendré oportunidad de hacerlo más adelante. 


Pero antes de iniciar el camino hacia Minas Gerais, debo contar algo del barrio de Lapa en el que hemos pasado estos dos días.


En puro centro de Río, donde están la catedral, las escaleras Serante, los arcos de Lapa; situado al pie del bohemio barrio Tereza;  junto al Largo Carioca y la plaza Cinelandia (un español loco quiso hacer un Hollywood brasileño y empezó en esta plaza, plaza Floriano…aunque ya nadie lo recuerda, ahora es Cinelandia) y donde está nuestro hotel como ya quedó dicho. 


Es un barrio con un notable ambiente nocturno. Martes y miércoles. Nosotros lo vivimos un poco desde la barrera porque no entramos en los locales en los que hay música en directo hasta la madrugada (lo oímos y vimos desde fuera)  u otros en los se baila samba toda la noche (nos ofrecieron el espectáculo). Si nos hubiera pillado antes de la boda y con los cuatro brazos en condiciones, seguro que  habría sido distinto (o eso me gusta pensar). 


A cinco minutos del hotel había terrazas llenas de gente con marcha, pero el cuerpo no admitía ni cachaça, ni caipirinha ni una  puñetera cerveza; así que nos recogimos en torno a las 10:30.


Para la próxima ya sabemos que en el centro de Río hay un barrio auténtico en el que se puede vivir la noche como en otras ciudades del mundo. Nada que ver con Ipanema o Copacabana


Y dicho lo dicho, hasta mañana.