miércoles, 9 de septiembre de 2026

Ouro Preto, Belém y São Luis

Estos son los tres sitios que nos hemos perdido. Minas Gerais (minas generales)  me hacía ilusión por ser una región de interior; Belém y Säo Luis, región de Maranäo, por su cercanía con el Amazonas. Otra vez será.


En esta foto lo importante no somos nosotros, sino los habitantes 
de la calle, los del fondo a la derecha. Este edificio estaba al lado 
de nuestro hotel. El gran edificio junto al que viven tiene que ver
con la Justicia, no recuerdo si era el Ministerio de Justicia o la oficina
del defensor del pueblo. Igual me da.


Como en anteriores viajes en esta última entrada paso lista a mis notas para añadir aquello que, por una razón o por otra, no he acertado a incluir en los diferentes artículos. Empezamos.

  • Sobre el idioma.  Leo bastante bien el portugués. Entender al que me habla es otro cantar; a veces muy bien, a veces no me entero de nada; he observado en Brasil una gran variedad de acentos. Imprescindible la palabra “ta”(algo así como vale) y la expresión “tudo ben” (todo bien traducción literal). Y una tontería; aquí a la taza del váter le dicen vaso y si quieres un vaso de vino pides una taza, cojonudo.
  • No he dicho nada de mi teléfono pero he vivido en precario: sin autonomía desde el primer día, solo wifi y bluetooth (para robar internet a otros). Desactivado sin solución. Me temo que mi iPhone 8 me ha dado todo lo que me podía dar.
  • Combustible. Resulta que los coches que circulan por estos lares funcionan con gasolina o con etanol o con los dos. 
  • La política: en octubre hay elecciones y eso se nota en la calle. Mucha banderita y mucho abanderado, unos  Lula otros Bolsonaro, marcando mucho las diferencias.Parecen vivir intensamente la política… bueno…. como otras cosas.
  • Diversidad de género. Da la sensación de que se vive con mucha intensidad, se ve gente trans por todos los lados (o se hacen notar, vaya usted a saber)
  • La comida. Existen las medias raciones pero no es la norma. Y pidas lo que pidas siempre hay compañía: arroz, feijoas (alubias rojas), tapioca, ensalada, patatas…..Y en abundancia. O andas listo o acabas pidiendo un táper.
  • El comercio. Se ven muchas tiendas “de las de antes”, de hace solo unos años por ser precisos; tiendas como ferreterías, droguerías, de menaje etc. Esto añade una cierta humanidad al ambiente, si bien el consumismo es notorio y notable. Esto del comercio de barrio siempre me trae  Nápoles a la cabeza.
  • Homeless, los sin casa. Abundan como en ningún lugar que yo recuerde. A tal punto que ni me llamó la atención que en algún momento oí que los  denominaban “habitantes de la calle”. ¿Eufemismo o corrección lingüística?
  • Venta ambulante. Abunda. En algunas fotos quizás se haya apreciado pero me parece importante recalcarlo porque, al menos en ciudades como Río me llamó la atención. 
  • Y hablando de Río, nos llamó la atención, frente a la penuria que se ve en barrios céntricos, la generosidad en los espacios nuevos, por ejemplo en las áreas de  nuevas construcción.
  • Una visita deseada y no realizada: el Real Gabinete Portugués de Lectura, en Río. Para la próxima.
  • Lo otro en lo que también lamento no haber profundizado es en el Candomblé. En los primeros artículos algo comenté al respecto. No quería turismo religioso pero me hubiera gustado entender más en qué consiste. Antropológicamente al menos. Es una lección pendiente.
  • Sobre la penuria: no sé muy bien dónde empieza y dónde acaba el concepto favela. Si es un coto cerrado no hay duda, pero las cosas no suelen ser tan claras. Recorriendo las ciudades en coche, continuamente se ven barriadas enormes en aparente estado de ruina, : casas destartaladas, medio acabadas o medio empezadas; y cuando, por algún motivo el coche entra por esos barrios, la sensación también es ruinosa, más allá de que la gente que los habita no aparenta ser tan pobres como uno imagina lo son los que viven en favelas. En las dos ciudades grandes en las que hemos estado, Río y Salvador, esto es habitual en cuanto sales (por rodorovías, autopistas)  del centro; aunque no siempre, porque por ejemplo en Salvador también descubres  lo que podríamos llamar “ciudad nueva”, con edificios cuidados, jardines, centros comerciales etc.
  • Se quedan otras muchas cosas en el tintero. Uno, siempre que viaja, se queda con la desasosegante sensación de lo mucho que le falta por conocer para entender el país visitado, entender a sus gentes, su cultura, su historia, su forma de asomarse al mundo. Tiene esto una indiscutible ventaja que es el deseo de volver al lugar visitado; al menos esto es lo que a mí me pasa.
  • Y acabamos. Me gustaría dejar escrito lo mucho que me ha gustado la sensación de imperfección que a menudo he vivido en Brasil.  
    • El  “google maps” te envía a un museo que desapareció hace años y tan tranquilos; sucede que han cambiado la ubicación y te ofrece los dos lugares y no siempre aciertas. La web de, por ejemplo el Jardim Botánico de Río, informa que si quieres pagar con tarjeta lo tienes que hacer electrónicamente; lo intentas una y otra vez pero no hay manera y decides ir al Jardim….y resulta que no es imprescindible el pago en metálico, también lo puedes hacer con tarjeta. 
    • O vas al Museo de Arte Contemporáneo y entras de milagro porque te quedan unos billetes y solo aceptan metálico; y eso que es el de Arte Contemporáneo, cómo será el de Antigüedades. 
    • Las cosas no siempre funcionan y a mí, eso me da una sensación de  humanidad que en Europa tenemos perdida y donde ya no aceptamos , o al menos nos sentimos muy incómodos con el fallo, el error humano, la equivocación, la imperfección. 
    • Hemos llegado a tal nivel de exigencia que lo que no es aséptico nos repele; no hablo de suciedad insana, hablo por ejemplo de un jardín como el de Orquídeas en Río, donde tanto el edificio como las plantas respiran humanidad si se me permite decirlo así. 
    • En Brasil la gente es imperfecta. Como en Europa, pero allí nos parece lo normal y aquí no nos gusta.


    Escribo estas últimas líneas en el avión, ya llegando a Madrid donde son las 11:00 a.m.  Y, qué cosas, ya empiezo a notar la asepsia; esta vez asepsia lingüística, que es de las peores. En el desayuno me ofrecen  ¨Pancake” y “Pie” de no sé qué;  me creo que  se les acabó la  tarta.



    Nota: como siempre que acabo un cuaderno tengo la pena de no revisarlo como merecería para reducirlo a la mitad diciendo lo mismo o más. Pero me lo perdono.

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