domingo, 19 de febrero de 2023

La memoria

Quien más quien menos ha vivido de cerca la violencia o el narcotráfico. El taxista que ayer me llevó a Comuna 13 me decía que él sabe lo que es la pobreza. Fue pobre hasta los 18 años, ahora tiene 40. Está divorciado, algo que al menos en el colectivo taxistas debe ser muy normal, uno de cada dos, en mi pequeña estadística, lo están. Dice Harby, que así se llama, que encontrar una buena mujer es lo mejor que te puede pasar en la vida. A los pocos segundos dice lo mismo del hombre. Es un tío inteligente, educado y que sabe hablar. Ahora su misión es cuidar de su mamá y de su hermana, a la que ha comprado un taxi. Ellas viven al norte, en la frontera con Venezuela. Allí huyeron desde un pueblo al sur de Medellín donde la miseria podía con ellos. En la frontera conocieron la violencia, me cuenta el caso del asesinato de uno de sus amigos, sin más razón que la de las pistolas, sin razón. Me cuenta que el narcotráfico sigue siendo un problema, también el consumo, me dice que lo ve en su barrio; antes, los narcos alardeaban, ahora no, pero siguen luciendo sus desmesurados  4x4 y todos saben quienes son. Otro taxista en Bogotá también me habló de los super 4x4 que tanto les gustan. Pero Harby dice que es feliz en Medellín, salir de pobre con esfuerzo le ha hecho ser agradecido con la vida y disfrutar de ella con sencillez. Le invité a una cerveza, me pareció que con poca gente podría aprender más que con él. No pudo ser, el taxi no perdona.

Comuna 13 es un barrio increíble. Acompaño alguna foto que no creo que ayude demasiado. En un libro que compré ayer (La virgen de los sicarios) he entendido que las comunas eran algo así como las favelas en Brasil. Lugar vetado. Ley de la selva. Comuna 13 debía ser una de ellas. Reconvertida a través de los grafitis, de las pequeñas tiendas de artesanía, de los restaurantes sencillos pero cuidados, de los artistas callejeros y con un empujón del ayuntamiento (supongo, porque puedes subir hasta arriba con escaleras automáticas; juro que yo no lo hice, me parecía obsceno, casi todo el mundo mostró su obscenidad). 











A Comuna 13 me acerqué a media mañana. Antes, tras un reparador sueño y no menos reparador desayuno, me perdí por Medellín. Salí del hotel sin mapas, sin destino, dejándome llevar, es como me gusta entrar en las ciudades. Y disfruto. Bullicio que aturde ya desde primera hora. Comercio desmedido. Ando y ando y no hay un metro cuadrado en el que no haya un comercio, camisetas, bisutería, marroquinería, bebidas, empanadas, gorras, calcetines, fundas.... horrible. Es el sino de nuestros tiempos. No digo nada que no hayamos visto mil veces, la calle convertida en mercado, en puro ruido, en puro consumo. Me prometo a mi mismo no comprar sino comida y lo consigo. Busco parques, busco zonas sin coches, las encuentro, quizás peor, busco algo distinto....y de repente me encuentro ante el "Palacio de la Cultura", así como suena, así de pomposo. Pregunto al guardia de seguridad en la casi certeza de que es un edificio oficial y me va a decir que nones. Toma datos el amigo y ahí me tienes, viendo una limitada exposición sobre un personaje colombiano de renombre (Rafael Uribe), una minibiblioteca habitada por un solo lector y observando a unas cuantas personas, administrativos, que parecen trabajar aquí. El edificio es ciertamente interesante por dentro, tiene un salón de reuniones que a mí me resulta muy cinematográfico y lo mejor de todo, las vistas desde arriba, desde la terraza.  A mis pies descubro una plaza llenita de esculturas de Botero. La placita buscada y el ubicuo Botero. Empieza a gustarme Medellín. Mi primera impresión, la noche anterior, era acertada. 


Me pareció que aquí se puede rodar algo


Cambio de tercio. Taxi (por 3 € vas de un lado a otro de la ciudad) a la Comuna 13 donde además comeré  una trucha frita muy rica con mi cervecita Colombia. Purito y manta.

Había leído que el Museo de la Memoria de Medellín merecía la pena. Y vaya que si la merecía. El nombre lo dice todo. Al visitarlo recordaba otros dos grandes museos de temática similar, en Jerusalén y en Budapest si no me equivoco. Tiene igual calidad. Es pequeñito, nada pretencioso. Muy meritorio a mi parecer. No imagino un museo de estas características en Bilbao o en Belfast. Tampoco sé si lo hay en países que han pasado por guerras civiles incruentas en los últimos 50 o 100 años.

Paro en el primer expositor y una frase que conozco  bien ilumina la visita. "Estoy en desacuerdo con lo que dices pero lucharé hasta la muerte por defender tu derecho a decirla" (atribuida a Voltaire). Se la oí un millón de veces a mi padre. Poco a poco vas entrando en los vericuetos de la memoria, paneles con fotografías, testimonios de decenas de personas de todo tipo (víctimas, victimarios, intelectuales, madres de Candelaria, niños, viejos, jovenes trans, hermanos, padres, sonidos inexplicables de torturas, interrogatorios, todo con mucha seriedad, con mucha dignidad). La historia de Colombia, de Antioquia, de Medellín, en los periódicos, en la radio, en la televisión. Todo bien expuesto y explicado. Una sala a oscuras con los fantasmas de los miles de desaparecidos. Memoria.

Salgo del museo con ganas de librería, no es fácil, me pongo a andar sin rumbo y el azar me lleva a un pequeño local en el que creo me podré dar por satisfecho. Así es. Le digo a la librera que antes de ponerme a la tarea necesito un café y algo dulce. Veo en su mirada que no cree que vaya a volver. Pero vuelvo, vaya que si vuelvo. Y hablamos y hablamos de literatura colombiana y salgo con cuatro libros (8€  de media cada uno) y con un montón de autores anotados. Esa misma noche empiezo con La virgen de los sicarios, de Fernando Vallejo, autor que no conocía y que ya voy adivinando que me había perdido algo de valor.  La librera me dice cómo acercarme al hotel por zona tranquila. Necesito hacer un poco de tiempo, son las 7 y le digo que para mí no son horas de recogerse; lo entiende, sabe que en Europa los tiempos son otros. Vuelvo por Ayacucho, siempre junto al tranvía, al final cojo un taxi y me vengo al hotel, a tomarme una cañita con una buena hamburguesa, a escribir el blog en la terraza del hotel en la que ceno y a empezar con mi nueva adquisición. La memoria.

Esto es Medellín


sábado, 18 de febrero de 2023

De Salento a Medellín

El canto del gallo por estas tierras, al menos por Salento, es a eso de las 4:15 de la mañana. Estoy seguro. Y no es  un solo gallo, eran muchos los gallos, o muy pesado el que me ha tocado a mí. Cuando le oí por segunda vez me vino a la cabeza Gabriel García Marquez, no sé porqué. Intenté retomar el sueño y de pronto me pareció oír llover. Optimista como uno es a esas horas pensé que acaso había vuelto el agua corriente a la Pachamama. Pero no, llovía; y tronaba. Mis planes en Salento empezaban a alterarse. Tenía previsto quedarme dos días pero antes de levantarme ya había decidido que la siguiente noche dormiría en otro lugar. La definitiva fue cuando confirmé que el agua de ducha seguía sin llegar. No miento cuando digo que pedí una cazuela con agua caliente con la que ducharme para quitarme de encima la pegajosa humedad de las sábanas. Por un momento creí estar en África, en muchos sitios por allá es normal la, podríamos decir, ducha de caldero.

Dicho y hecho, me desayuné en un pequeño local muy local donde me trataron como a un vecino más y a continuación me acerqué a la parada de autobuses a cambiar el billete que tenía para el día siguiente. Aquí la burocracia es a la vieja usanza pero nunca hay problemas para nada. Eso sí, una de las cosas que me llama la atención es que lo que se suele hacer es reservar el billete y si el bus sale a las 5:30 (ejemplo del de Santa Marta) lo que te piden es que estés a las 5:00 (Bromita de los cojones cuando hablamos 5:00 a.m.) y entonces pagas. Y si están todos los viajeros digamos a las 5:15, pues que nos vamos 15 minutos antes (ejemplo real y repetido). Algo confuso para un europeo, más si no se entera con el idioma.

Dejó de llover aunque la amenaza seguía; había que aprovechar las horas que tenía. Mi plan inicial era haber ido al Parque de Cocora y  hacer una larga caminata (subiendo, siempre subiendo), 14 kms, 6 horitas. Como eso ya no era posible (ni aconsejable por la incertidumbre meteorológica) decidí hacer lo mismo pero en versión reducida,  6 kms, 2 horas. Me la jugué y cogí uno de los jeeps superchulos que te acercan al parque. 25 minutos subiendo (4500 pesos, 1 euro). El paisaje desde el jeep era magnífico, ciertamente la montaña colombiana tiene algo de espectacular que la hace distinta. 

Pero al llegar al parque, desilusión, la montaña seguía ahí, grandiosa, pero el parque parecía Disney. Todo en su sitio. No hay cosa que odie más que la naturaleza totalmente domeñada. Me vino a la cabeza la primera vez que estuve en los Alpes Suizos, hace cuarenta años, tuve esa misma horrible sensación, entonces lo justifiqué porque en España estábamos muy retrasados, eso pensaba, idiota de mí. Algo también hemos copiado. Escaleras, cientos de escaleras para hacer fácil algunos accesos, señales por todos los sitios con lo que se puede y no  se puede hacer, gentes segando el cesped como si de un campo de golf se tratara, diríase que hasta las palmas las hubieran plantado para la ocasión. En lugar de poner Hollywood pone Cocora, menos mal.  Hice de tripas corazón y la escalada compensó el mal sabor de boca. Subimos hasta los 2.600 m. En fin, misión cumplida. 

La finca cafetera que también tenía previsto visitar quedó para otra vez; no importa, ya visité una por el norte. 



Todavía tengo tiempo de comer algo antes de coger el autobús. Y me zampo una bandeja paisa, architípico plato colombiano: frijoles, arroz  blanco, chicharrón (lease torrezno), carne en polvo, chorizo huevo frito, platano maduro, aguacate (en mi opinión desentona) y arepa.  Me pedí la bandeja pequeña.



El viaje a Medellín es de 7 horas. Son 240 kms. Me cuesta explicar cómo se puede tardar  tanto tiempo. Se entenderá que es complicado si además digo que pagamos peajes como en 6 veces. Son algunos, pocos, kms con doble carril, pero la mayoría es solo uno, pero !vaya carril! Tienen el atrevimiento de poner limitaciones de velocidad de 30 por hora; no es necesario, como se ve con un rápido cálculo, la media por hora es exactamente esa (se me olvidó decir que al final fueron 8 horas de viaje).  Infraestructuras aparte, disfruté cada minuto del viaje. El autobús era un buen autobús, no muy grande y medio vacío. Mi asiento, el 3, mi preferido, justo para poder dar la vara al conductor y para ver todo como dios. La naturaleza sigue ahí, grandiosa como ya he dicho. Lo aprecio durante casi 5 horas de luz. También aprecio la pobreza de las inacabadas ciudades que atravesamos (sí, los peajes a veces incluyen el paso por el centro de una ciudad o pueblo, o eso creo). Como en las viejas nacionales en España,  también aquí casas, negocios y gente se apiña en los bordes de la carretera a vender lo que puede y de alguna manera abrirse al mundo. 

Curiosidad que comparto: atención a los nombres de pueblos y ciudades entre Medellín y Cali (y supongo que también en otras partes del país). Solo se tiene que mirar en el mapa y se verán nombres como Armenia, La siria, Marsella, Milan, Filandia, Palestina etc. Echad un vistazo es curiosísimo. No olvidemos que Salento es una región italiana.


Cocora es mucho más que Palmas. Como suelo decir, moneése en internet. Pero  como allí no se verán fotos de un servidor tengo que ilustrar el blog con las pocas que malmehago. 


Anochece y las obras y  las mulas (trailers enormes) colapsan el tráfico a tal punto que llego a ver grúas especiales para desatascar los atascos. Si dos mulas se cruzan en una curva cerrada ya la tenemos montada. En fin, que me divertí un montón. Decido no escuchar música (en ningún momento del viaje he utilizado auriculares) ni distraerme con el teléfono más de lo imprescindible. Concentrado en el viaje disfruto como hacía tiempo. Suena a masoquismo pero así fue. Lo único que me permití fue leer, de vez en cuando, en el móvil un libro de Camilleri (novela policíaca) que me había bajado de la Biblioteca CyL (qué avances, Señor) en Pereira ante la imposibilidad de encontrar un solo libro en los últimos dos días.

Olvidaba decir que lo que aquí no se puede evitar es dejar de oir música a todas horas. Pero no Mozart, no, ni siquiera Frank Sinatra, no, aquí es puro vallenato, este es, al parecer, el ritmo más popular de Colombia. Pero también hay cumbia y merengue, puyo, porra, son y hasta reguetón.  Si quieres dormir en el autobús, sin problemas, pero el vallenato ahí sigue, y a todo trapo, nada de melodía de fondo. Yo ya me he aconstumbrado, creo que lo echaré en falta cuando vuelva a casa.

Eran las 10 cuando entrábamos en Medellín. Y me entró por el ojito derecho. Por nada en especial pero me sentí bien. Y no te digo cuando llegué al hotel. Lo recuerdo con emoción.  Pensar que incluso podría pedir que me lavasen ropa (a euro la camiseta) significa mucho para un mochilero que lleva dos días con un puto caldero de agua caliente. 

Y me dormí soñando que había llegado al Dorado. También pensaba en la profunda incoherencia que hay entre esa naturaleza increíble que adorna esta región y el narcotráfico y la guerra civil continuada a la que se ha visto sometido el país. Dorado sí pero con muchas aristas.

No es el Dorado, pero podría. Palmas impresionantes, afirmo.



viernes, 17 de febrero de 2023

El día más largo. Salento.

 La jornada laboral empezó pronto. Tenía que estar en la estación de autobuses a las 4:45, pero a la 1:30 desperté y no pude volver a conciliar el sueño. Taxi, bus 4,5 horas, taxi, aeropuerto 2 horas, avión 1 hora, Pereira, taxi, bus 1 hora, llegada a Salento a las 14:30. 


Pachamama

Todo salió según lo previsto, todo menos el tiempo. A pocos minutos de llegar empezó a llover; y llover y llover y llover. Tuvimos que bajar del autobús con paraguas. La tormenta era ruidosa, casi asustaba. Desde Pereira había venido charlando, además de con los niños que utilizan el autobús para ir al colegio, con una pareja de italianos, él de Verona, ella de Puglia, viven en Florencia. Se apuntaron a mi hostal, el Pachamama, muy bonito y alejado del centro justo lo justo.






20 € la noche, baño incluido...


Situando al lector: Pereira es una ciudad a unos 900 kilómetros al sur de Cartagena. Es una ciudad mediana y con mucha actividad; de casas bajas, el edificio más alto tiene 22 pisos. Está a mitad de camino entre Medellín (al norte, 250 kms) y Cali (sur, 210  kms). Es lo que llaman el eje cafetero.

Elegir Salento como destino no es muy original, pero es lo que tienen los viajes de duración tan limitada como el mío. 





Hoy, mientras me movían de un lado para otro, he puesto atención en el perfil de los turistas que visitan Colombia.  Yo diría que el 80% tiene entre 22 y 35 años. Por encima de los 40 los que creo que más se animan son los franceses. De mi añada poquitos, supongo que algún que otro viaje organizado, hoteles y buses que frecuento menos, acercará algunos otros. Y esta vez lo que he visto mucho han sido chicas solas, muchas chicas y solas. Pero lo que más me sigue asombrando es ver parejas con niños de 1 y 2 años haciendo este tipo de viaje, es encomiable su ánimo; nuevamente los franceses se llevan la palma. 

Dejó de llover. Teresa, Zeno y yo tuvimos una comida entretenidísima, hablando de lo divino y de lo humano. Hablamos mucho de España, de Italia, de los países hispanoamericanos, de la explotación que han sufrido y sufren, de las dictaduras que han soportado y soportan. Zeno viaja siempre en invierno, el verano es temporada alta para su negocio (deportes de agua). Ella es orfebre, diseña y hace joyas, me da la impresión de que con poco presente y menos futuro. 


Para ver buenas fotos de Salento, internet, sin duda. Merece la pena echar un vistazo


Salió el sol. Tomamos un buen café con un dulce y paseamos por el pueblo, que realmente se compone de poco más que seis calles que se cruzan con otras seis. Pero es puro colorido, muy bonito, lo más bonito que  he visto hasta ahora en Colombia. Luego descubrí, en los detalles, oyendo a los paisanos en sus charlas de bareto, que ciertamente es un pueblo, ahora invadido por el turismo pero que mantiene sus esencias. Hasta en los precios de las cosas han respetado su ser. Todo esto lo percibí mejor al día siguiente, a primera hora, cuando empieza la vida en la ciudad.




Un inciso: a mi me parece que ecolombiano lleva en sus genes la amabilidad, también la simpatía, la educación y el respeto a los demás. También lo he pensado de otros pueblos americanos (peruanos, ecuatorianos…), por eso también me gusta tanto viajar por estos lugares.



El hablar el mismo idioma acerca mucho. No me canso de decirlo cuando visito estos países. Y me sorprendo cuando descubro giros o formas de hablar que a veces pensamos son erróneas y que sin embargo están avaladas por el uso de cincuenta o cien millones de personas  (lease Colombia, lease Mexico). Hasta hace no mucho yo abominaba del uso de señor delante del nombre (señor Juan Carlos, señora Carmen…), pues bien, por aquí es de uso común, 5, 6, 10 veces más que españoles así lo dicen. Contaré algo que también descubrí hace poco: los pedantes del idioma que no ceceamos o seseamos solo somos un 20 % de los hispanoparlantes. Hay que joderse. Y queremos ser nosotros los que dictemos las normas (doblajes de películas incluidos, jaja)

Derrotado como estaba me volví solo al hotel a descansar un ratillo. Imposible. Había que arreglarlo con una buena ducha calentita. Estamos a 1.950 metros de altitud y al anochecer refresca. Pues también imposible.  No había agua, ni fría ni caliente. La tormenta. Se había llevado todo el agua. Qué desastre. La  Pachamama no estaba de nuestro lado. La demostración definitiva fue a las 10:30 cuando me metí entre sábanas y cobijas y reparé en que la humedad era terrible. A dormir que suman ya 19 horas en pie.

Entre que estaba derrotado y que no sé hacer fotos...

miércoles, 15 de febrero de 2023

Minca

Minca es un pequeño poblado a 40 kms de Santa Marta. Decir que es bonito sería una frivolidad. Es como un  pueblo del oeste, con dos calles que se cruzan, pero con mucho sabor. Hasta no hace mucho nadie iba por allí, la carretera era muy mala y además había problemas con la guerrilla. Pero ahora es un lugar muy vital al que va mucha gente joven, también colombianos. 

A primera hora he cogido un pequeño microbús que iba abarrotado, he contado 17 personas.  Se tomaba al lado del mercado de Santa Marta, vivo exponente de la vida diaria de esta ciudad que es un hervidero de actividad, de venta ambulante, de pequeños coches que nada respetan y de cientos de motos que se juegan el tipo. Al montar me preguntaba dónde quedó la pandemia que hace solo un año nos tenía atemorizados. Misterios que uno no llega a entender porque imagino que el porcentaje de vacunados por aquí será bajo. 

Mercado de Santa Marta, empezando actividad

Cafecito, alguna reserva pendiente y caminata hasta el llamado Poza Azul, que ni es poza ni es azul. Como siempre, subiendo, pero yo ya venía entrenado. Al llegar mojo los pies y no me detengo más, el interés está en el paseo, no en el destino. Allí mismo cojo una mototaxi que por solo 15 pesos (tres euros) me lleva hasta la Finca La Victoria, unos veinte minutos. El recorrido en moto es fantástico, me cuesta explicarlo. El casco es solo para el conductor y los baches son la norma, a cada metro parece que fueses a caer pero milagrosamente la moto sigue adelante, subiendo, cómo no. El paisaje, si eres capaz de concentrarte, extraordinario. Me han gustado especialmente las palmas, numerosas y muy altas.

Poza Azul. Atención al botiquín

La Victoria es una plantación de café de 600 hectáreas con su propia factoría. Está a 1000 metros de altitud. Tiene 130 años, la hicieron los ingleses y en los años 50 la vendieron a unos alemanes cuya familia sigue siendo la dueña. Cafecito que te va y una arepa (bocata del país) para seguir tirando. Una chica muy preparada nos ha explicado todo el proceso productivo desde la recolección del grano hasta el tostado. Muy interesante. He aprendido un montón sobre el café; arábiga es la variedad. Alguna pequeña cosa la pondré en práctica. 

Me sigue sorprendiendo que la mayor parte de la producción, por encima del 80%, se exporte sin tostar. Así los márgenes se van a los países ricos, como siempre. Lo que no se puede entender es que el gobierno no promueva el que la producción se haga en su totalidad aquí, en Colombia. Me creo que los mercados de materias primas han sido y son fuente de empobrecimiento de los más débiles. Supongo que en España, por ejemplo, también ha sucedido lo mismo en el pasado (pienso en el aceite de oliva y por qué no en el wolframio). No puedo evitar el pensar en que la lana de Castilla en el siglo XVI ya se enviaba a procesar a los Paises Bajos, enriqueciendo a unos y empobreciendo a otros.


Un alto en el camino

Vuelta a la moto, qué gozada, al final me va a gustar,  y regreso a Minca para coger el microbús. Tenía interés, incluso ilusión, en llegar pronto a Santa Marta y distraer la tarde en una librería-café que había fichado y que ha estado cerrada estos días atrás. Mi gozo en un pozo. El local era agradable pero baste decir que no he sido capaz de comprar un solo libro y eso que venía decidido. Eran libros de segunda mano y si había alguno que podía merecer la pena, el estado era deplorable. Así que cafecito y manta.

Ducha y paseo final por la ciudad, horriblemente activa. Acabo en el Parque de los Novios; hay que ver que  nombre tan bonito. La paz del parque hoy se ha visto rota por la transmisión en un gran pantalla de un mitin del Presidente de Colombia. !Tela! Aquí también van a cambiar la sanidad (y de paso la educación) para ponerla al alcance de los más desfavorecidos. Qué tío, cómo mira a las cámaras y al público agarrando de la manita a su esposa y a su hija.

En fin, como tenía localizado un rincón vegetariano en el que me han  atendido primorosamente, el día acabó en las alturas.


Ya en el hotel, purito y blog



martes, 14 de febrero de 2023

Los Kogui

He tenido suerte. Suerte de que el Parque Natural de Taymara estuviese cerrado. Los dos días en la Comunidad Indígena Kogui han merecido la pena. Para empezar por el esfuerzo, añadase la compañía y lo especial del lugar y de su gente.  Parques naturales hay muchos...

Aquí las cosas van a otro  ritmo, habíamos quedado a las 7:30 y hemos salido más de una hora después. Había que aprovechar el transporte  y a Evangeline y mi nos han unido a un grupo que iba varios días a la Ciudad Perdida. Por el camino he charlado con dos chicas, una de Finlandia, que tenía una amiga en Valladolid y conocía bastante bien España; la otra mitad canadiense mitad mejicana, también conocía España, estudió un año en Granada. Las dos iban a servir de mucha ayuda al resto de la expedición, franceses todos ellos; pobres todos ellos, se les ve con enorme interés pero despistaditos.

Evangeline es india, de La India, tiene 27 años y vive en una ciudad cercana a Calcuta (dice que solo se tarda 9 horas en llegar). Ha estado trabajando en Bogotá para una ONG desde el pasado agosto. Vino sin hablar nada de español (habla, eso sí, inglés y cuatro lenguas indias, incluido el Indi). Hay que ver lo que ha aprendido (dice que en solo dos meses y por internet). Se la ve lista. Ha estudiado "moda", pero eso no es lo suyo. Es tan particular que se ha venido desde Bogotá prácticamente para hacer esta visita a los Kogui. Y ha ido y vuelto en Autobús, 14 horitas.


Con Evangelina  y Patricio




Nos ha dejado el microbús en medio de una carretera donde ha aparecido el amigo Patricio, purito indígena. Solo los tres, qué suerte. Nos habían dicho que tendríamos que andar unas 3 o 4 horas. Lo que no nos dijeron es que todo era cuesta arriba. Si alguna vez se mira en el móvil el número de pisos subidos en un día, uno se da por contento si pone 10 ó 15. Ayer, cuando llegamos a destino mi móvil marcaba 185 pisos. Prometo no volver a decir que me da bien subir, que no lo siento muy diferente del andar por llano. Agotador. Pero felices. A mitad de camino parada en una pequeña cascada para darse un baño y todo el camino charlando. Patricio es un vacilón y Evangeline, ya lo he querido anticipar, una chica curiosa por todo. Cada planta que ve le recuerda a una de la India o decide fotografiar para investigar,  cada hoja que Patricio nos da a oler es un descubrimiento; alguno tan vulgar como la hierbabuena. Tras el baño nos  ponemos el repelente aunque, al menos yo, no veo mucho insecto. Garrapatas a miles pero a mi no se me acercan. Llegamos con un hambre de mil demonios y  nada más comer los tres caemos rendidos. 


Nuestra casa. Con sus dos hamacas. No se duerme mal.

Los Kogui es una de las cuatro comunidades indígenas que hay por aquí. Su lengua se llama también Kogui. Esta comunidad la componen 16 familias, unas 100 personas. Para acceder a su territorio, llamado Teiku, no hay otra opción sino hacer lo que hemos hecho nosotros. Es decir, estás aislado. Tienen agua, y rica, porque  las montañas lo dan, pero no tienen electricidad. Han instalado una placa solar  que les permite cargar los móviles y poco más. Los móviles son compañeros inseparables, al menos de Patricio que siempre está yendo y viniendo. Los demás no se mueven sino por sus tierras, eso sí, como cabras montesas. Ni se mueven ni se han movido. Los chavales, algunos, salen fuera a estudiar. 

Patricio es un chimiluces, dice que pesa 35 kgs, tiene 39 años y 6 hijos. Hemos conocido a su mujer, que no habla castellano, y a varios de sus hijos. Dos de ellos, todavía no entiendo cómo, estudian Teología en Bogotá, ahí es nada. Yo creo que empujados y ayudados por alguna comunidad religiosa. Son cristianos. Leen la biblia en Kogui. Nos contaba Patricio algunas historias de sus ancestros (esta es una palabra que repite una y otra vez y que está en todas sus explicaciones) que acababan siendo una rara mezcla entre sus vivencias como pueblo y la biblia.  A veces cuesta entender a Patricio, no es un castellano cómodo, evita artículos y pronombres, conjuga simple y erróneamente verbos, pero se hace entender. La otra palabra que repite patricio es papá, todo se lo enseño su papá, que además era un hombre sabio, una especie de chamán. Dice patricio que sabio espiritual, nada que ver con un curandero, aunque por lo que cuenta cuerpo y alma se confunden a menudo. Su papá todavía vive pero en otra montaña, al parecer lo del cristianismo no le atraía mucho, dice que es "paganista",  y vive con otros hijos (hasta 16 que son, bien puede). 


Evangelina, Patricio y esposa


Todo esto y mucho más nos lo contó Patricio por la tarde, primero de visita a una piedra sagrada y luego en la propia cabaña en la que nos alojamos. Esta cabaña es de la comunidad, la usan para sus reuniones, hay otra detrás para las mujeres, también para sus reuniones y también para tejer y para celebraciones (nacimientos, matrimonios). El pastor de la comunidad es uno de sus miembros, parece que por aquí no aparece "la iglesia oficial". Otras personas relevantes son la partera, el maestro y el curandero. Luego están las niñas, hay bastantes,  supongo que habrá también niños pero casi no vimos. La escuela está a dos minutos (subiendo) de la cabaña comunal. Las niñas vienen de no se sabe dónde y desaparecen tampoco se sabe cómo. Son muy simpáticas y educadas. Y juguetonas, muy juguetonas.



Empezaba a oscurecer, Patricio y una hija pequeña tocaron para nosotros, a la luz de la lumbre, tambor, flauta y maraca. Noche oscura y espléndida que nos fue derrotando poquito a poco hasta caer rendidos una vez más.


La brisa trajo las lluvias y al amanecer las tierras estaban húmedas y resbalosas. Con mucho cuidado subimos (siempre subir) a conocer la casa de Patricio. Ahí quedan dos fotos. Nos enseñaron lo que tejían y cómo. Evangelina les regaló una tela que había traído desde la India. Casi tres metros por uno. Sorprendente. Ya dije que era una persona poco convencional. Nuestros anfitriones entendían que era para intercambiar.





Y a media mañana, iniciamos la bajada, también de cuidado, también con una cascada de por medio Patricio nos dejó al lado de una carretera donde nos recogió un coche para traernos a Santa Marta. No se me quitaba de la cabeza que Patricio ahora tenía que volver a subir, llegaría a casa ya de noche.


Adiós amigo



domingo, 12 de febrero de 2023

Santa Marta Santa Marta

Yo quería llegar a Santa Marta y desde allí organizarme unas salidas a la Ciudad Perdida y al Parque de Tayrona.  Pero entre que éste no abre hasta la semana que viene y que la Ciudad está tan perdida que necesito más días de los que dispongo, he tenido que cambiar de planes.  Mantengo el viaje a Santa Marta desde Cartagena, la costa a mi izquierda, cuatro horas de bus (ni tren ni tranvía) pasando de largo de Barranquilla que  lo más notable que tiene es su Carnaval, dicen que a la altura del de Río de Janeiro. Casualmente se celebra la  semana próxima, justo antes de empezar la cuaresma;  podría haberme organizado para ir, pero !qué enorme pereza!  Aparte de que debe ser imposible encontrar alojamiento.


Mientras desayunaba a primera hora en Mi Casa Real (del Cabrero) he pensado en la palabra del día, la de hoy es Chiva, para levantar el ánimo de cualquiera. La foto dice lo que es pero para entenderlo bien mejor  pinchar aquí: https://www.youtube.com/watch?v=0SU315P-99I&t=8su.be/0S





Y si de levantar el ánimo se trata nada como mi desayuno de hoy.  Solo por la papaya y el mango ya merecería un diez. Si a eso le añades el “jugo de tomate de árbol”, así, como suena, entonces un once. Es un tomate, es como un cítrico, es muy líquido, es muy rico. Todo ello servido, como debe ser. Y además con amabilidad, con sus huevos, su jamón, sus tostas con  mermelada  y su café colombiano. 


Supongo que lo he dicho y escrito en alguna ocasión pero creo seriamente que viajeros del mundo unidos deberíamos hacer  serias protestas  a los miles de hosteleros que nos han robado el placer del desayuno. Reivindicamos un desayuno justo. El “hágaselo usted mismo” ha encontrado la mayor de las perversidades justo a primera hora del día,  cuando nos desayunamos. Cualquier día nos vamos a tener que hacer la cama del hotel, confío que pueda hacerse después de desayunar. Cuantas más estrellas tiene el hotel mayor la perversidad porque te la visten de frutas tropicales inencontrables e insípidas, de una variedad de quesos de supermercado que no hay cuerpo que lo soporte y de revueltos huevinosos teñidos con vegetales que ni el colorido remedia.  Yo protesto como puedo, si todo me lo tengo que hacer yo me voy a la cafetería más próxima, donde me sirven, como un señor. Hoy no he tenido que moverme, benditos hosteleros alternativos. 

He desayunado como dios. Gracias, digo cuando acabo. Con gusto, me contesta la camarera.


De Santa Marta no se habla bien,  una ciudad de paso, dicen, para hacer excursiones a los fantásticos lugares de su alrededor. Nada mejor que anticipar lo peor porque a mi me ha gustado nada más llegar. Se ha redondeado con el hotel. Hoy hemos bajado el precio, que no la calidad, de hecho la habitación es cien veces mejor que las anteriores. Son 26 € la noche, con desayuno servido, veremos qué tal. Akuamarina se llama el hotel. Amabilidad soberbia. 



No contento con lo anterior,  he buscado una ruta para estos días y la he encontrado rápidamente. Mañana salgo tempranito hacia una comunidad indígena, no muy lejos de aquí. Hago noche y vuelvo al día siguiente, a mi Akuamarina, eso ni se discute. Mañana no habrá blog, qué pinta allí un ordenador. Ahí quedan unas fotos de la azotea del hotel, auténtico chill out que se dice.




He dedicado la tarde a la lectura y a pasear por la ciudad, también he probado un buen pescadito (ródalo) y un buen salpicón, un buen café, un buen bizcocho de plátano y un buen cigarrito, que ya lo echaba en falta. 






Y aquí lo dejamos. Perdón, olvidé decir que la joya nacional es la esmeralda. Hay una plaza en Bogotá en la que todos los días se celebra un mercado abierto de esmeraldas. Se ven decenas de señores con papelinas blancas que contienen esmeraldas de calidades diversas. Es interesante. Dicen que cada día se mueven millones de pesos; digo yo que serán miles de millones porque un millón son solo 200€.  No compré, ni buenas mi malas, y mira que me gusta la esmeralda.




sábado, 11 de febrero de 2023

La cara B

Un largo día acaba. 

Seguramente que por un librito que estaba leyendo "sobre la fotografía" (Susan Sontag) he amanecido con ímpetus fotográficos. He cogido la pequeña cámara que traje, y que pensé que no utilizaría, y desde las 8 de la mañana me he liado a sacar fotos de todo lo que pillaba en la vieja Cartagena. Pero no asustarse que no voy a colgar ninguna, no valdrán nada; y digo no valdrán porque no las he visto.  Ahí va un enlace con un montón de imágenes. https://www.minube.com.co/fotos/cartagena-de-indias-c111

El personaje del día es Alexis, un cubano con nombre ruso; tiempos aquellos de Fidel. También tiene carnet paraguayo, lo he visto. Como  tantos otros al único sitio al que no quiere  volver es a Cuba y eso que dejó dos hijos y una ex a los que envía 50 dólares cada mes. Su último hogar, Brasil, desde donde entró en Colombia. Su objetivo, Estados Unidos. Pero necesita dice que 400 dólares para pagar a los coyotes y pasar toda Centroamérica (Panamá, aquí al lado, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, Guatemala y por fin Mexico) Al parecer eso sería con el pasaporte paraguayo; el cubano es justo para entrar en EEUU, dice. Qué cosas tiene la vida.

La palabra del día es hale. En las puertas en las que por un lado pone empuje, por el otro pone hale. No lo había oído en mi vida, pero sí, está en el diccionario. Tire, tire. Hale, hale. Ale, ale, que también vale.

La curiosidad que hoy comparto es la de que la mayoría de los coches tienen cristales tintados. Dicen que por el sol, tomen nota en el Mediterráneo.  A mi me parece un poco narco. Nunca se sabe si te están sacando la lengua o te están mandando un beso....en fin, tiene su encanto.

No podían faltar las librerías en este blog. La de hoy se llama Ábaco, donde además de comprar libros se puede tomar un buen café y un riquísimo bizcocho de arquipa. La foto me la han hecho, por eso me atrevo con ella. Debo decir que un libro de una misma editorial (Alfaguara, Lumen etc) pasa de valer 20€ en España a 12€ aquí. Cargaré con libros antes de la vuelta. De momento ahí van unos autores colombianos de referencia: Sara Jaramillo,Pilar Quintana,Tomás González. Yo ya estoy leyendo uno de Piedad Bonett, una joya. De los ya conocidos, Vásquez, Abad Falicione, Restreto no digo nada. 

A mí me parece que me sientan bien los libros ¿O no?

Por la tarde dos horas de descanso en el hotel. Más "canso que descanso" ha sido, porque me he liado con los planes para los próximos días y he sufrido, como tantas veces sucede en estos viajes. Así que me he dicho: veamos la playa, y veamos Cartagena 2. Dicho y hecho. Caminata playera y visita a las zonas chupis de la ciudad. Y es que  efectivamente hay otra Cartagena, mucho más habitada, mucho menos habitable. Esta es la otra  cara de esta ciudad Patrimonio de la humanidad.

La cara B 

Y sé que hay otras caras, bastante más baratas. Andando,  en solo media hora. Me lo ha dicho Alexis. Por allí ni te acerques, yo es que estoy acostumbrado, he vivido junto a una favela, dice, allí puedo pagar mi habitación.

Decía la gente que en Bogotá a las 8 de la noche mejor recogerse. Verdad o no, lo cierto es que en el centro, donde yo estaba, no había un alma a esas horas, un alma noble, quiero decir. En Cartagena, a esas horas, hoy había miles de almas, supongo que de todas las especies; también estaba yo

Y nada más por hoy, que mañana....."Me voy pa la Barranquilla".....



viernes, 10 de febrero de 2023

Cartagena de Indias

Pues lo que decía, la noche en el hotel de Bogotá se me hacía larga y tediosa y a eso de las 4 de la mañana tuve una revelación: calorcito, calorcito dónde, pues en el Caribe. Pues al Caribe. A eso de las 5:30 eche mano del ordenador y reservé hotel y saqué billete de avión para las 9:45. Tiempo suficiente para desayunar como un señor, hasta un plato de arroz me he comido...es lo que había en la zona de salados además de los consabidos revueltos y huevos fritos. En lo del hotel no podía andarme con tonterías, lo de la mochila es una cosa pero cuando uno quiere recuperarse de un trancazo (con el que me vine de España) tonterías las justas. Afortunadamente en Cartagena puedes pagar 3, 6 y 8 millones de pesos por una noche, para eso está el hotel Casa San Agustín (8 millones son unos 1600€). La verdad es que me daba cien patadas pagar por una suite para mi solo, así que exploré otras opciones y me encontré con "La casa real del Cabrero by Soho", !toma ya! Tuve que coger suite, era lo que quedaba. Y aquí estamos, en un hotelito delicioso de siete habitaciones (la mía la mejor) pegadito a las murallas, pero por fuera. Luego os enseño unas fotos. De momento ahí va el enlace: https://casarealdelcabrerobysoho.getawayrentals.info/ Esta vez lo hemos hecho por 100 dólares la noche. Mueran los mochileros pobretones.

Con los taxis Cabify (o uber) todo funciona de maravilla. Y aquí son un regalo, el de Bogotá 5,5 €, el de Cartagena 3,5 €. Antes de mediodía ya había dejado las cosas en el hotel, cambiado la manga larga por la corta, sandalias que te crió y crema solar a tutiplén, Que ya daban 32 grados, poca broma, insisto.

Sin ni siquiera mochila ni riñonera, ni guías ni puñetas me encamino intramuros, eso sí, aunque sea más largo, unos minutos paseando junto al mar, por la Avenida Santander (por el general de este nombre, no por la ciudad española). La costa cartagenera es como la recordaba. Que por qué digo eso si es la primera vez que estoy aquí, pues no lo sé, pero así es. Las costas caribeñas que conozco (Puerto Rico, República Dominicana, Panamá) o sobre las que he leído ( Vargas Llosa, García Márquez) me han dejado un poso en las traseras de mi cerebro, como sucede con tantas otras cosas que uno nunca vio o personas que nunca conoció en realidad y que sin embargo diría conocer en detalle.

La ciudad es espectacular, a pesar del barullo turístico) es una de las mejores ciudades coloniales de América junto con Cuzco (puedo confirmarlo) y con  Ouro Preto en Brasil (habrá que visitarlo). 

Para que la mañana fuese perfecta una buena comida. Restaurante que me ha dicho un pollo que me ha inspirado confianza y allá que me he ido. Me colocan en un sitio estupendo junto a la ventana justo debajo del aire acondicionado, o sea, lo mejor para mi trancazo que ya empezaba a ceder con el solete caribeño. Me trasladan a otro sitio debajo de un ventilador (aquí los regalan), digo que gracias, que me voy  y de pronto me encuentro junto a una pequeña orquesta, en el mejor sitio del restaurante y que curiosamente me había pasado desapercibido. Se puede pedir langosta pero me conformo con Ceviche con salsa de coco (millones y millones de ceviches se encuentran, algunos muy buenos, la mayoría solo valen algo por las salsas, como éste, pero me ha sabido riquísimo). Y luego, que tenía hambre, un arroz vegetariano cocinado a fuego lento envuelto y presentado en una hoja de no recuerdo qué. Muy rico. De fondo los músicos, creo que solo yo los escuchaba. 

Paseo y paseo hasta dar con el Palacio de la Inquisición, dicen que hay que visitarlo y ahí que vamos. El palacio bien, la historia y los objetos de tortura simplones: un patíbulo por aquí un sádico aparatejo por allá y poco más. Así que pregunto por un buen café al conserje del museo, me manda al Starbucks de la esquina; porque era el doble que yo (de cuerpo me refiero) sino lo dejo allí mismo; decírselo se lo he dicho. Insistiendo un poco no le ha costado recordar que había algún que otro Juan Valdez en la ciudad  y esto ya era otra cosa, que ese nombrecito nos suena muy bien a los muy cafeteros.

En la cola de la barra he visto precios de los cafés, en torno a 20€ el kilo. Bien cuando tienes quien te lo lleve. Lo bueno de las colas es que conoces gente, y este es el caso. Se llama Yonatan Rivas (sí, con Y, como debe ser, no con J coño). Unos 40 o 45 años. Especialista en sistemas trabaja por cuenta propia, ahora preparando un portal de bitcoins; me dice que es un timo, que ahí no ponga un duro. Será como dice. Venezolano de origen, colombiano de adopción y también ha vivido en la República Dominicana y en Argentina (aquí no solo vivió, sufrió la pandemia). El noviembre pasado estuvo en España (Orense incluido) y en Italia, trabaja y viaja y viaja cuando trabaja y trabaja cuando viaja. Es lo que tiene su profesión. Ahora vive en Bogotá donde hace un año compró piso, 120.000€ me dice que le costó. Que le ha dicho un primo que en Orense con ese dinero se compra un "cacho casa". Ya le he dicho: o el primo está gagá o el piso se ubica en la Galicia profunda. A él le he convencido, el problema que tiene es que su mujer se lo cree. Quieren venirse a Europa, falta echar cuentas. 

Mañana quizás nos volvamos a ver.

Casa Real del Cabrero. Guapísima.


En  Casa a descansar, la tarde ha ganado un tono caribeño.  Me veo a mi mismo sentado en la tipo-hamaca y tengo dudas de si se trata de una imagen del "Otoño del patriarca" o de "El Mariscal en su laberinto" (perdón, quería decir"El General en su laberinto"). No se me puede negar el aroma  que se percibe del que tantos años vivió por aquí y tan cerca nació, el Sr. García Marquez, del que hablaremos otro día. Aracataca está muy cerquita, le quisieron llamar Macondo pero no se aprobó. Quizás también por eso GM emigró a México, donde, como es habitual, le recibieron con los brazos abiertos y le dieron la nacionalidad sin pedirla. 


Al fondo la habitación

Y aquí lo dejo, son las 9:15, hora de irse a dormir. Hasta la próxima

Con mi cervecita y mi café. Recogemos.




Bogotá

La llegada a estas grandes ciudades es siempre desordenada y me provoca desasosiego. Al menos, en esta ocasión había quedado con G., hijo de un amigo, para cenar; tuve que sobreponerme rápidamente del jet lag y de los 2.600 metros de altitud de la ciudad. Del aeropuerto, mochila a la espalda, directo al restaurante. Allí me esperaba con su novia y pasamos un muy buen rato, ceviche y más ceviche fue la cena, bien empezamos. Pero la noche no perdona, ha sido un continuo duermevela, tampoco imaginaba que iba a pasar tanto frío como en Burgos. La altura se paga. 

Los Andes atraviesan Ecuador y al entrar en Colombia se abren en tres cordilleras. Bogotá está en la cordillera oriental. Al parecer, este país siempre ha sido de muy difíciles accesos. Dicen las crónicas que cuando de Cartagena de Indias a Bogotá se tardaban meses,  a Londres solo se necesitaban semanas. Las cosas han cambiado pero la esencia permanece. Me decía ayer G. que de Bogotá hay que salir en avión, que por carretera es una locura; por desgracia me ha convencido. A mi próximo destino, sea Medellín o sea una de las "ciudades cafeteras" creo que no voy a ir en autobús como tenía pensado. 7 horas para 240 kms parece excesivo.

Bogotá, te pongas como te pongas, tiene poco que enseñar. Salvo miserias, que deben ser muchas. Yo, como buen turista, solo alcanzo a pasear por La Candelaria y alrededores.  Plaza Bolívar con el Congreso, la sede del gobierno etc... cuatro casas coloniales, algunos buenos museos (el llamado del Oro, el más importante del mundo en su género, el de Botero, también notable) y poco más. Dejo para la vuelta el subir a los cerros que circundan la ciudad y que al parecer también merecen  la pena. Cientos de puestos ambulantes, gente para todo, para limpiarte los zapatos, para enseñarte la ciudad, para robarte, para venderte  cualquier cosa, gente con la que es fácil hablar, porque son amables, son educados, su castellano está lleno de cortesía...sé que me repito pero es así.

Título de la obra: El mundo a la vuelta

Título de la obra de Botero: Viajero errante.







Pero esto que veo es solo una pequeñísima parte de una ciudad en la que malviven más de 10 millones de personas y  donde más de la mitad lo hacen en calles no asfaltadas,  sin agua caliente, con un sueldo de mierda de 200€ al mes. A su lado, como siempre, hay gente con posibles, los he visto a la puerta de los organismos oficiales en el centro de la ciudad. El castellano de estos pollos no es tan amable, es impostado, y sus caras, lo juro, son estiradas, distantes, engominadas. Siempre así, el poder atonta.

Por la mañana he hecho un "free tour". No me ha gustado, muy largo y demasiado lleno de referencias históricas, le faltaba calidez. Pero me ha ayudado a entrar, más que en la ciudad, en el país. Y, como siempre, me ha servido para conocer gente. Había varios españoles, ninguno me ha interesado, me he inclinado por un alemán con el que además he comido. A él y a sus historias dedicaré unas líneas. 

Se llama Heiner. Llegó ayer a Bogotá, venía de Masatepe, un pequeño pueblo de Nicaragua a camino entre Managua y Granada. Este pueblo está hermanado con el suyo en Alemania, Gross Gerau, un pueblo a poco más de media hora de Frankfort y de Maguncia. Desde Luxemburgo, por si alguien está interesado, se tardan 2h 30. Gross Gerau presta ayuda de todo tipo a Masatepe. Porque las carencias y miseria en toda Nicaragua deben ser enormes. Y ayudan a pesar del tiránico gobierno de Daniel Ortega y esposa, que han hecho del pais su finca particular. Por este motivo han empezado las reticencias por parte de muchos colaboradores alemanes por lo que pueda percibirse como "colaboración con una dictadura".  Hay que joderse. Han bajado las ayudas y se entiende, y es que además, les gusté o no, tienen que hablar con las autoridades  que, como es lógico, son del partido que gobierna

Como curiosidad, en Masatepe nació el escritor Sergio Ramírez, tuvo que salir por piernas de su país, ahora vive en España donde ha recibido el Cervantes.  Uno de sus últimos libros es Tongolele no sabía bailar en el que pone a caldo a los gobernantes actuales y que está escrito con una heterodoxia lingüística digna de aprecio, me gustó; echadle un vistazo.


Heiner aprendió castellano en Bolivia hace algunos años y lo ha ido perfeccionando es sus viajes por estas tierras. La visita a Nicaragua también ha sido “de trabajo”, de seguimiento y apoyo a los proyectos en los que colabora la comunidad de Gross Gerau. No venía por aquí desde antes de la pandemia, como todos.


Su mayor afición es el ciclismo, hace largos recorridos por Europa con un amigo del alma (al que no he conocido, llegaba al día siguiente). Hace dos años fueron en avión a Lisboa y desde allí en bicicleta  hasta Sevilla para después subir hacia Salamanca, y supongo que hasta Santiago, por el Camino de la Plata. Dice que extraordinario. También ha ido desde su ciudad natal hasta el sur de Italia,  atravesando los Alpes, vuelta en tren; en fin, un figura. 


Hablando de ciclismo me dice como avergonzado que se ha comprado una bicicleta eléctrica, que sobre todo lo  hizo por su amigo, que tiene dos prótesis en las rodillas; pero le da como apuro hablar de ello. “Siempre estuve tan en contra” me dice, y termina: “me autojustifico por mi edad”. ¿Cuántos años tienes pues? (le había echado entre 60 y 70, como yo). 76 me dice, !Acojonante!  Solo lleva 10 años jubilado, tiene una hija y una novia con la que también viaja. Fue profesor de lengua y literatura alemana y director de una escuela. Disfrutaba, pero ahora más. Y no se cansa. !Los viajes que me quedan!, pensé yo para mis adentros; cierto es que subiendo y bajando Alpes en bicicleta no me van a pillar.


Todo esto lo hablábamos mientras nos comíamos un soberbio plato de ajiaco, plato típico colombiano que me gustó mucho  (tres tipos de patatas con pollo, ajo, mazorcas de maíz, también crema de leche y alcaparras al gusto; y saber hacerlo).  Luego, en un sitio muy especial Heiner me invitó a un café de verdad. Él y su amigo van a estar por Colombia cinco semanas, prácticamente seguro que no volvemos a coincidir, una pena. Tengo su dirección de correo por si en mi próxima vida perfecciono mi alemán y me voy a Gross Herau a aprender lengua y literatura alemanas. Heiner también cree en los proyectos para una vida próxima, así me lo dijo.


Así se ve el Ajiaco. La pinta puede engañar.


Ahora estoy escribiendo  en el avión, camino de Cartagena de Indias. El consejo de G. de no salir de  Bogotá por carretera  y otras circunstancias me han llevado a cambiar el plan inicial. Hoy dormiré junto a las aguas del Caribe.


jueves, 9 de febrero de 2023

Poca Broma

Las últimas entradas son del viaje a Chile en 2019. La pandemia de 2020 paró todo, pero entre una fecha y otra hubo algún viaje fuera de España que que me apetece recordar.

El primero de ellos, Nápoles,  sobre el que empecé a escribir para este blog pero que se quedó en borrador. Esto es lo que me viene a la memoria: la vivacidad de la ciudad, Nápoles es el más puro sur que recuerdo; la pasta, todos los días comimos pasta, cada día mejor que el anterior; y el teatro Carlos III, inmenso. Imposible no mencionar Pompeya, Herculano y la luz de las islas. 


De Amsterdam imposible olvidar  el olor a marihuana. Gante,Brujas, los molinos...y lo mejor, sin duda,  la frescura de M. y S., un regalo. Y hay que decirlo: volvieron vegetarianos.


A finales de año fuimos a Estados Unidos, B., J. y yo; allí nos esperaba C. La mitad en Nueva York, donde cada momento es un nuevo recuerdo, eso sí, conscientes de que la ciudad es inabarcable. Y la otra mitad en California. Largas horas de carretera, noches de motel, San Francisco…y sobre todo, la grandeza de sus parques. Death Valley, un sueño. Hay que volver. Lo mejor, el equipo. 


A lo largo del año fuimos a Londres, nuestra ración anual, ésta lo era antes de la definitiva salida de los británicos de la Comunidad Europea. Lo que no podíamos imaginar es que los siguientes tres años la visita anual no se produciría. Poca broma.


La pandemia que saltó en 2020 cortó alas. No todo el mundo remontó el vuelo. Ese año quería haber ido a la India, A. estaba allí, se tuvo que volver. Hubo que cambiar las aspiraciones viajeras. Tiempo de centrarse en lo cercano: la ciudad en la que vivimos, los pueblos que la rodean, las ciudades a las que nos era permitido ir.... Lisboa, sus fados, la Ribeira Sacra, heroica, Ibiza, Coruña, amigos, Madrid, sus conciertos,  Andalucía, sus ciudades y sus pueblos, la costa cántabra, Olmedo y  Mérida, sus teatros, los Arribes del Duero, !ah Portugal!  Algunos de estos lugares ya han entrado en nuestra rutina viajera, 

    

La Seminci también ha forzado pausas en estos años; se nos olvida, se nos olvida casi todo, pero así ha sido. Poca broma.


Escribo esto en el avión que me lleva a Bogotá donde ahora son las dos de la tarde, en España las ocho. En unas horas comienzo un nuevo paseo por tierras americanas. Colombia es el destino. Esta vez he cogido algún día más, quiero ir más tranquilo.